29 jul 2017

Crónica de un robo más en mi querido Esmógico City

“Llámese como se llame, cualquier brote de delincuencia 
en la Ciudad de México lo vamos a combatir".- Miguel Ángel Mancera.


"A ver hijo de la chingada, no te me pongas pendejo que ahorita te trueno el cohete", vociferó el sujeto con un tono caribeño, acelerado y nervioso.

Yo, tan pendejo como afirmó aquel hombre, e inmerso en mis pensamientos, medianamente entendí lo que estaba insinuando. Tomé un sorbo del café que minutos antes había adquirido.

“¿Disculpe usted?”, me atreví a preguntar, con cortesía, aún a la espera de una respuesta más amable y todavía sin comprender lo que estaba sucediendo.

“Rápido, dame el celular, que aquí tengo el cohete”, insistió el hombre.

Lo entendí: estaba siendo asaltado. En un abrir y cerrar de ojos me convertí en uno de los más de 10 mil delitos que se cometen cada año en mi querido Esmógico City.

Me encontraba esperando un autobús sobre la lateral del Periférico Sur, en la colonia Isidro Fabela, en la delegación Tlalpan, misma que registra 180 robos por cada 100 mil habitantes, según la misma Secretaría de Seguridad Pública capitalina.

No puedo asegurar que el sujeto era extranjero, pero su tono de voz y su lenguaje me causó curiosidad. El agresor, de unos 50 años, delgado, de tez morena, cabello grasoso semi largo, rasurado, con una sudadera color negro deslavado y pantalón de mezclilla mostró el objeto; apenas pude divisar el cañón de lo que tenía las características de un arma cubierta con un papel periódico de nota roja.

Ahora me pregunto si el malhechor tendrá familia, esposa, hijos, o estaba desesperado por comer... ¿Qué haría después?, ¿Cometería algún otro delito en el transcurso del día?, o ¿Por qué razón me había elegido para cometer su fechoría?

Traté de confirmar si se trataba de un arma de fuego, pero sólo pude centrar la mirada en la portada del diario que cubría el objeto, lo que me llevó a imaginar que podría ser yo el que apareciera en la edición del domingo con un cabezal alarmante: “LE TRUENAN EL COHETE EN LA PARADA DEL CAMIÓN”.

“Tranquilo viejo”, le dije, relajado, mientras busqué a mi alrededor a un justiciero que pudiera llegar a mi auxilio, algún tipo Van Dame o Chuck Norris que llegara a defenderme y romperle la columna vertebral de un golpe, o mínimo algún tuitero que pudiera grabar el momento para documentar el hecho y hacerlo viral. La presencia policial nunca fue mi esperanza, y como era de esperarse, no llegó nadie.

Según datos oficiales, la probabilidad de sufrir un asalto en la Ciudad de México es dos veces mayor que en el resto del país, tan solo de enero a marzo de 2017, los asaltos a transeúnte con violencia subieron casi 28 por ciento, y en ese momento yo me estaba convirtiendo en una estadística.

No puse resistencia, procedí a seguir las indicaciones casi al pie de la letra, sacar el aparato celular de la bolsa interior de mi chaleco.

Por mi mente pasó el momento cuando compré los audífonos que estaría por entregarle al sin vergüenza, incluso pensé en desconectarlos del dispositivo y negociar una escapatoria. Demasiado tarde ya lo tenía en sus manos.

Una vez con mi teléfono en su poder, volvió clamar: “Ahora… dame la billetera”, lo que me colocó en una posición de extrañeza, no le fue suficiente el dispositivo y no es común escuchar que alguien haga referencia a “la billetera”.

Mientras esculqué el bolsillo donde suelo acomodar “la billetera”, pensé en que podía perder tres artículos valiosos a mi juicio; la licencia de conducir, la tarjeta bancaría y la tarjeta del metro, que apenas había recargado.

“Tranquilo… No te voy a dar la cartera, pero te voy a dar el dinero”, dije, mientras busqué una superficie para dejar el café que no me había terminado y tener las dos manos libres para enfrentarme al villano, hasta pensé en utilizarlo como método de defensa. Pero reflexioné, además del celular y la cartera  podía perder el café recién adquirido.

La acción inmediata fue entregar el dinero, trescientos pesos en efectivo, dos billetes, mostré la cartera vacía para que no hubiera duda sobre el contenido.

Una vez, cometido el acto, el sujeto se tornó violento, me ordenó darme la vuelta y caminar en dirección contraria al sentido de la avenida, ahí fue cuando realmente sentí miedo:

“Date la vuelta o te quiebro”, amenazó.

De nueva cuenta, sólo pude imaginarme que podría convertirme en la portada del periódico del día siguiente si no seguía sus instrucciones.

Avancé cinco metros, el sujeto ya no estaba, subió las escaleras del puente peatonal para atravesar la avenida, hizo un sprint tan natural que le habría ganado a Usain Bolt, y desapareció como un fantasma, pero ahora, con mis pertenencias.

“Carajo, apenas es sábado”, pensé.

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